Ambientación
Para entender y valorar esta impresionante obra de síntesis sobre el Jesús histórico es necesario tener presente que se trata de un manual. Al lector se le advierte de ello en la portada del original alemán (1996), y en la portadilla interior de la edición española. Pretende ser un instrumento de trabajo, y por eso ofrece abundantes sugerencias al comienzo y al final de cada capítulo para que el lector-alumno profundice de forma participativa en la reflexión sobre cada uno de los temas. Su carácter de manual determina también la presentación de los datos y de las reflexiones en forma escueta y concisa, que hacen pensar a menudo en unos apuntes de clase ampliamente reelaborados. Es, por tanto, un libro para el estudio, que requiere constantes pausas para asimilar los contenidos y el desarrollo de la exposición.
La forma externa del libro, sin embargo, puede resultar engañosa, porque su contenido va más allá de esta apariencia manualística. Lo que encontramos en él es una poderosa síntesis sobre uno de los problemas más candentes de la reflexión cristiana en los últimos años, un problema en el que confluyen y dialogan el historiador del cristianismo naciente, el exegeta de los textos netotestamentarios y el teólogo interesado por los orígenes de la cristología. Es el problema del Jesús histórico, que en los últimos años ha provocado una verdadera avalancha de publicaciones, en lo que se ha dado en llamar la “tercera búsqueda” (Third Quest) del Jesús histórico. Comparada con las anteriores, fundamentalmente alemanas y protestantes, esta tercera búsqueda, que tiene su foco más potente de irradiación en las universidades norteamericanas, se caracteriza, entre otras cosas, por su naturaleza internacional e inter-religiosa. La obra de Theissen-Merz es la contribución alemana y protestante más significativa a esta tercera búsqueda del Jesús histórico. Conviene aclarar que, aunque se trata de una obra en colaboración, la mayor parte de los contenidos han sido redactados por el Prof. Theissen.
Los autores conocen y tienen en cuenta las investigaciones de sus colegas norteamericanos, pero los estudios que más utilizan son los publicados en alemán. En este sentido, el libro realiza el valioso servicio de hacer llegar a la discusión actual sobre el tema las aportaciones de la investigación en lengua alemana. Dentro de ella, como es natural, ocupan un lugar privilegiado los estudios realizados por el mismo Theissen y sus alumnos, y en no pocas ocasiones nos encontramos con exposiciones que los sintetizan. Esta forma de proceder es -lo adelantamos ya- un arma de doble filo. Tiene la ventaja de ofrecer de forma condensada los resultados de una de las corrientes actuales más fecundas del acercamiento sociológico al NT en lengua alemana (la de Theissen y sus discípulos). Pero al mismo tiempo tiene la desventaja de no recoger a veces la pluralidad de perspectivas que sería deseable en un manual.
Antes de pasar a la exposición detallada del contenido, quisiera adelantar una reflexión acerca de la perspectiva y el alcance de este libro; una reflexión que en cierto modo vale para muchos de los estudios que se están produciendo en el marco de la Third Quest. Los autores han adoptado explícitamente la perspectiva del historiador, y su objetivo consiste en exponer aquello que se puede conocer acerca de Jesús utilizando los recursos y los métodos de la historiografía moderna. Son conscientes de las limitaciones y provisionalidad del conocimiento histórico, y se refieren a ellas en varias ocasiones (véanse, p.e. las reflexiones de pp. 9-10; 143-146). Sin embargo, confían en que merece la pena realizar este esfuerzo de reconstrucción histórica.
Algunos lectores podrían pensar que este planteamiento es insuficiente para un creyente, y muy probablemente los autores estarían de acuerdo con esta observación. Ellos no han pretendido escribir una Cristología, sino una reconstrucción provisional del “Jesús histórico”, es decir del Jesús que puede ser conocido por el historiador de finales del siglo XX. No obstante, y a pesar de todas sus limitaciones, un estudio de este tipo puede plantear preguntas interesantes a la reflexión creyente acerca de Jesús. Esta reflexión cuenta obviamente con otros datos y otras fuentes de conocimiento, pero si no quiere caer en un nuevo docetismo, debería estar atenta a estos retazos de la “encarnación” de Jesús que podemos entrever con mayor claridad gracias a este tipo de estudios. El axioma formulado por K. Rahner acerca de las relaciones entre la Trinidad económica y la Trinidad inmanente puede aplicarse a la Cristología, y en la medida en que los estudios sobre el Jesús histórico nos ayudar a percibir con mayor claridad la Cristología económica, su interés para la Teología no debería ser minimizado.
Descripción del contenido
El libro está dividido en cuatro partes, que van precedidas de una introducción, y tiene en total dieciséis capítulos. La primera parte está dedicada a la presentación de las fuentes y a la evaluación del valor de las mismas (caps. 2-4). La segunda trata de dibujar el marco histórico (caps. 5-7). La tercera, que es la más extensa, describe la actividad y la predicación de Jesús (caps. 8-12), mientras que la cuarta se centra en su pasión y su pascua (caps. 13-16). Al final, en cuatro apretadas páginas, los autores hacen el esfuerzo de ofrecernos un sumario de la vida de Jesús, resultado de la ardua reconstrucción llevada a cabo en las seiscientas páginas precedentes. Cierran el libro un breve apéndice con algunos textos fundamentales de Flavio Josefo y tres índices (citas, onomástico-analítico y general).
Cada capítulo ofrece al comienzo y al final un variado repertorio de tareas y propuestas de trabajo o de lectura, cuyas soluciones encuentra el lector al final del libro. La exposición comienza siempre con una historia de la investigación, que resulta utilísima, tanto por la información que proporciona, como por la inteligente articulación de la misma. Estos breves pero sustanciosos status quaestionis sirven para situar al lector y para plantear los temas que se discuten en el cuerpo del capítulo. Otro elemento común a todos los capítulos es la “Síntesis y reflexión hermenéutica” con que suelen concluir. En ellas se encuentran los resultados de la discusión planteados de forma clara y sugerente, pues los autores no se contentan con resumir los resultados, sino que reseñan las nuevas perspectivas, interrogantes o problemas que dichos resultados plantean. Aunque estas síntesis resultan mucho más evocadoras para quien haya seguido detenidamente la discusión planteada en el capítulo, la lectura seguida de las mismas bastaría para dar una idea de la reconstrucción histórica que proponen los autores.
El primer capítulo, que tiene un carácter introductorio, sintetiza en cinco fases la historia de la investigación en torno a la vida de Jesús. Las tres primeras corresponden a la “Old Quest” (desde Reimarus hasta Bultmann), la cuarta corresponde a la “New Quest” (los discípulos de Bultmann) y la quinta a la “Third Quest”. Este recorrido acaba recordando la famosa conclusión a la que llegó E. Schweitzer después de estudiar las reconstrucciones históricas de Jesús llevadas a cabo en el siglo XIX: la variedad de las imágenes de Jesús es, en cierto modo, un reflejo de las preocupaciones de sus autores, y revela las limitaciones inherentes a la imaginación histórica.
El capítulo segundo abre la primera parte del libro presentando las fuentes cristianas sobre Jesús. Esta presentación no se reduce a las fuentes canónicas, sino que incluye también las no-canónicas. La consideración de los escritos cristianos no-canónicos como fuentes para el estudio del Jesús histórico es uno de los rasgos característicos de la tercera búsqueda, aunque no todos los autores las valoran del mismo modo. La postura de Theissen-Merz es equilibrada, a medio camino entre la excesiva valoración de Crossan, y el escepticismo de Meier. A pesar de las continuas protestas contra la “tiranía” del Jesús sinóptico, hay que reconocer que los tres primeros evangelios siguen siendo nuestra principal fuente de información para reconstruir la historia de Jesús.
El capítulo tercero se ocupa de las fuentes no cristianas sobre Jesús. Los escritos de autores no cristianos poseen un valor documental, por cuanto nos permiten comprobar la exactitud de las fuentes cristianas y el hecho mismo de la existencia histórica de Jesús, pero en ellas encontramos pocos detalles relevantes sobre su vida. Tal vez la más significativa sea el “Testimonium Flavianum”. Los autores se suman a una opinión que va siendo mayoritaria, según la cual es posible reconstruir una versión no-cristiana de dicho testimonio. Las fuentes rabínicas (principalmente el Talmund), siríacas (Mara bar Sarapion) y romanas (Plinio, Tácito y Suetonio) son mucho más escuetas.
El capítulo cuarto trata sobre el uso de las fuentes y es un modelo de síntesis temática y de presentación pedagógica. En él se enumeran trece objeciones que el escepticismo histórico ha ido planteando contra el uso de la tradición jesuática. En cada caso se enuncia e ilustra la objeción, y después se ofrecen argumentos en contra acompañados también de algunos datos que sirven para ilustrarlos. La última objeción, la unilateralidad de los criterios utilizados para determinar qué datos de las fuentes son históricos y cuáles no (crítica histórica), permite a los autores exponer brevemente la propuesta que G. Theissen ha desarrollado, junto a D. Winter, en una publicación más amplia sobre el criterio de plausibilidad como alternativa al criterio de desemejanza. La reflexión sobre estas objeciones pone de manifiesto que el conocimiento histórico es hipotético y parcial, pues depende de fuentes fragmentarias e interesadas, en las que es difícil establecer qué es y qué no es histórico. A pesar de ello, es posible llegar a certezas en el campo histórico, y estas certezas son de gran interés para que el conocimiento de fe, que es la otra forma de acceso a Jesús, no se desvincule de su raíz histórica.
Con el capítulo quinto comienza la segunda parte, dedicada al marco de la historia de Jesús. Este primer capítulo se centra en el marco histórico y religioso. Para los autores este marco es claramente el del Judaísmo del siglo primero. Frente a otras reconstrucciones históricas que ambientan la vida de Jesús en un contexto fuertemente helenizado (Crossan, Mack), ellos reivindican a un Jesús judío, que sólo se entiende sobre el trasfondo del Judaísmo común de aquella época. Dedican un espacio amplio a presentar los movimientos judíos de renovación desde el siglo II a. C. hasta el siglo I d. C. porque, según ellos, la actividad de Jesús debe entenderse como una propuesta de reformulación del Judaísmo, en la línea de estos movimientos: Jesús fue un judío y su propósito fue la renovación del Judaísmo. Esta visión, que determina la presentación del contexto histórico y religioso de Jesús, aparecerá de diversas formas en los capítulos siguientes y constituye una de las tesis del libro.
El capítulo sexto trata de establecer el marco cronológico de la vida de Jesús. A partir de los datos disponibles es posible determinar con bastante fiabilidad la fecha del nacimiento de Jesús, la duración de su actividad pública y hasta la fecha exacta de su muerte.
El marco geográfico y social es el objeto del séptimo capítulo que cierra la segunda parte. Es un ensayo de historia territorial, cuyo objetivo es averiguar qué es lo que significa el origen galileo de Jesús para su predicación y su vida. Jesús pasó su infancia en una pequeña aldea cercana a la gran ciudad de Séforis, en cuya construcción es posible que trabajara, y la mayor parte de su actividad se desarrolló en torno al lago de Genesaret. Los autores subrayan dos factores que debieron influir en Jesús. El primero son las tensiones entre judíos y paganos, entre el campo y la ciudad, entre ricos y pobres; comparada con Judea, Galilea podía parecer tranquila, pero estas tensiones existían y es poco probable que Jesús haya vivido al margen de ellas. El segundo factor es la peculiaridad religiosa de Galilea, que se advierte en una actitud particular hacia el Templo y la Torá. Esta forma peculiar de Judaísmo configuró la vivencia del judío Jesús. Un valor de este capítulo es la atención prestada a la arqueología.
El capítulo octavo abre la tercera parte del libro dedicada a la actividad y la predicación de Jesús. Su título: Jesús, carismático: Jesús y sus relaciones sociales. Los autores definen el carisma como “la capacidad de irradiación hacia otras personas al margen de la esfera racional” (p. 216). El carisma de Jesús se manifiesta de forma especial en los apotegmas, que son la base documental para este capítulo. Partiendo de esta definición y estas fuentes se describen las diversas relaciones de Jesús: el conflicto con su familia, su relación con Juan Bautista, la transmisión de su carisma a sus discípulos, sus relaciones con los simpatizantes del movimiento y la masa del pueblo, su actitud hacia las mujeres de su entorno, y sobre todo la tensa relación que mantuvo con sus adversarios: letrados, fariseos, saduceos y herodianos. Es un capítulo muy denso, en el que se hacen opciones cuando menos discutibles. Para empezar, el concepto clave de carisma, desde el que enfocan todas las relaciones de Jesús, según reconocen los mismos autores, “debe ser definido con más precisión” (p. 269). Mucho más compleja es la utilización del concepto de “autoestigmatización”, que según Theissen-Merz es clave para entender las relaciones y los comportamientos de Jesús. Es un capítulo original e interesantísimo, que depende de los estudios de Theissen y su círculo, pero tal vez en un manual habría sido deseable incluir otras formas de enfocar las relaciones de Jesús.
El capítulo noveno aborda el espinoso tema de la escatología de Jesús. El contenido central de la predicación de Jesús fue la llegada inminente del reinado de Dios. Esta expresión metafórica nació en época monárquica, pero maduró en el seno del movimiento apocalíptico como una expectativa de futuro, aunque en tiempos de Jesús existía también una visión no apocalíptica del reinado de Dios. Esto explica que en los dichos de Jesús sobre el reinado de Dios encontremos algunos que se refieren al futuro y otros que hablan de la situación presente. Lo original del anuncio de Jesús es que el reino futuro ha comenzado ya. Los dichos de Jesús revelan también una tensión entre el anuncio de la salvación y del juicio. El reinado de Dios trae la salvación, pero si el hombre no se convierte, esta salvación se torna en juicio. Por otro lado, la salvación que anuncia Jesús contradice las expectativas más difundidas en Israel, pues se caracteriza por una inclinación incondicional de Dios al perdón (acogida de los últimos, los pobres, los niños...). Estas tensiones entre el reinado de Dios presente y futuro, y entre el anuncio de salvación y de juicio tienen su explicación en la imagen de Dios que tenía Jesús. Es un capítulo muy clarificador sobre un tema clave en la investigación reciente, que puede servir de contrapunto a ciertas imágenes sapienciales y “desescatologizadas” de un Jesús muy parecido a los predicadores cínicos de la época (Crossan).
El capítulo décimo está dedicado a los milagros de Jesús. Este aspecto central de la actividad de Jesús ha sido descuidado en los primeros estudios de la tercera búsqueda, pero está siendo recuperado como un elemento clave para entender a Jesús. La actividad taumatúrgica de Jesús pertenece a una tradición antiquísima, aunque en su forma actual esté mezclada con numerosos rasgos legendarios. Partiendo de una clasificación literaria que resume un libro precedente de Theissen, los autores muestran cómo la tradición taumatúrgica, sobre todo sus sanaciones y sus exorcismos, sólo puede entenderse como efecto del Jesús histórico, y aducen de forma convincente las pruebas de esta afirmación. La existencia de taumaturgos judíos en esta misma época hace todavía más plausible la historicidad de los milagros de Jesús. Podemos afirmar, por tanto, que Jesús realizó milagros, aunque éstos hayan llegado hasta nosotros modificados y enriquecidos por la experiencia de los primeros cristianos. El problema es cómo interpretarlos: ¿físicamente? ¿simbólicamente? Los autores sugieren un camino novedoso iniciado ya por otros: entender la enfermedad, la posesión y el poder taumatúrgico desde la construcción social de estas realidades en el mundo de Jesús.
El capítulo undécimo lleva por título Jesús, creador literario: las parábolas de Jesús. Es una presentación equilibrada y ordenada de la parábolas de Jesús, sobre todo desde el punto de vista literario. Las parábolas son una forma de discurso figurado y pueden ser definidas como metáforas desarrolladas narrativamente. Las que encontramos en los evangelios se diferencian de las fábulas helenísticas y de las parábolas que los rabinos utilizaban para explicar algunos puntos de la Torá. Por eso constituyen una de las formas más características y originales de hablar de Jesús, un lenguaje especialmente apto para hablar de Dios.
El capítulo duodécimo es un estudio original de la ética de Jesús. Jesús fue un “rabí”, un maestro, y aunque su ética no consiste en una interpretación de la Torá, ésta debe entenderse en el marco de la ley contenida en ella. En las enseñanzas éticas de Jesús nos encontramos con una paradoja: a veces suponen un endurecimiento de la ley, y otras una relajación de la misma. Sin embargo, esta paradoja desaparece cuando observamos que el endurecimiento se refiere a los mandamientos básicos de la Torá, mientras que la relajación afecta sólo a los preceptos rituales o cultuales. Esta aparente paradoja revela que el programa ético de Jesús apuntaba hacia una restauración de Israel que posibilitara la integración de los grupos marginales. En la ética de Jesús conviven las motivaciones proféticas y las sapienciales. Su centro es el mandamiento del amor, entendido de forma nueva, porque se extiende a los enemigos, a los extranjeros y a los desclasados. En todo caso, para entender la ética de Jesús es necesario situarla en el contexto de los carismáticos itinerantes, que muchas veces se ven obligados a distinguir entre los preceptos fundamentales y los secundarios. Esta visión de la ética de Jesús, resulta enormemente sugerente y problemática a la vez: su ambientación en el conjunto del Judaísmo es iluminadora, pero su explicación desde la vivencia de los carismáticos itinerantes plantea numerosos interrogantes.
La cuarta parte se inicia con un capítulo, el decimotercero, dedicado a la última cena de Jesús y la eucaristía del cristianismo primitivo. Comienza con un análisis de las tradiciones sobre la cena de Jesús. A las dos versiones sinópticas hay que añadir otros tres tipos de cena representados por Did 10, Jn 6 y Jn 13. Después de tratar de establecer qué palabras pronunció Jesús sobre el pan y el vino, los autores tratan de ambientar la última cena en tres contextos: el de la Pascua judía, el de la espera de la muerte, y el del conflicto con el Templo. Jesús era consciente de la posibilidad de una muerte violenta, pero esperaba la intervención de Dios. La última cena fue una acción simbólica, que debe entenderse desde la otra acción simbólica que Jesús realizó en Jerusalén: la expulsión de los mercaderes del Templo. Entendida en esta clave, la última cena pudo ser un intento de sustituir el culto del Templo, creando un nuevo rito que sustituyera a los que se realizaban allí. Según los autores, sólo la reinterpretación pascual de este nuevo ritual sustitutorio sentó las bases para el sacramento cristiano.
El capítulo decimocuarto estudia la pasión de Jesús. En este punto, como en otros, las fuentes revelan diversas tendencias al nivel de la redacción de los evangelios. Sin embargo, un análisis crítico de las mismas permite entrever cuál fue el papel de los romanos, de la aristocracia judía y del pueblo en el proceso y muerte de Jesús. Las conclusiones a las que llegan los autores no son muy diferentes a las de otros estudios recientes. La muerte de Jesús fue el resultado de diversas tensiones: las autoridades romanas y la aristocracia judía actuaron conjuntamente en su proceso, y también la gente pudo haber tenido su parte en él, sobre todo después de que Jesús hablara y actuara en contra del Templo. Los autores son conscientes de la necesidad de relacionar la condena de Jesús con su actuación, pero en ningún momento se trata con detalle uno de los problemas centrales de esta relación: ¿por qué las acusaciones provocadas por la actuación de Jesús (comer y beber con pecadores y publicanos, curar en sábado, expulsar los demonios con el poder de Belcebú...) no aparecen en los motivos de su condena?
El capítulo decimoquinto está dedicado a la Pascua y sus repercusiones. En este punto el interés del creyente se hace más presente, pues de la fe pascual depende que la historia de Jesús pueda ser fundamento de su existencia. Si Jesús no ha resucitado, su vida y su predicación no pasarían de ser una referencia histórica más o menos importante, pero nunca el principio de una nueva existencia. El cuerpo del capítulo está dedicado a estudiar las fuentes de la fe pascual, expresada en fórmulas de diverso tipo y en relatos. A pesar de las diferencias entre ambas tradiciones, hay entre ellas numerosas y significativas coincidencias. La sospecha inducida por la diversidad y variedad de estos testimonios revela en un análisis más detallado un fondo histórico en la experiencia pascual. El historiador no puede llegar hasta la resurrección, sino hasta sus efectos más inmediatos. A partir de ahí, el creyente puede preguntarse si “la realidad pascual debe interpretarse desde las analogías de nuestro mundo empírico o, por el contrario, tal realidad, como irrupción de algo totalmente otro, debe ampliar nuestro mundo empírico” (p. 557).
El último capítulo explora la relación entre el Jesús histórico y los inicios de la cristología. Los autores confiesan que este capítulo no pertenece propiamente a la historia de Jesús, sino a los efectos que tuvo entre sus primeros seguidores. En el Jesús histórico descubren una cristología implícita, una cristología evocada, e incluso una cristología explícita; y relacionan estas tres formas germinales de la cristología con la actividad carismática de Jesús, el título de Mesías y el de Hijo del hombre, respectivamente. La experiencia pascual supuso un enriquecimiento y en cierto modo una transformación de estos títulos a los que se añadieron otros que revelan una cristología más explícita. En ella Jesús aparece como Hijo de Dios, Hombre nuevo, y sobre todo como Kyrios (Señor), un título que supuso una fuerte ruptura con respecto al Judaísmo. La tesis de fondo es que el desarrollo cristológico posterior a la Pascua tiene un sólido fundamento en la comprensión que Jesús tenía de sí mismo y en las expectativas que despertó entre la gente. No es, como pensó la escuela de la Historia de las Formas con Bultmann a la cabeza, un nuevo comienzo nacido únicamente de la respuesta de fe al anuncio del kerigma, sino la explicitación y profundización de una “cristología prepascual”.
Valoración
La exposición detallada del contenido de este libro pretende ha pretendido subrayar su importancia. Estamos ante un arsenal de bibliografía actualizada, de síntesis esclarecedoras, de datos y de reflexiones sustanciosas. En todo momento la exposición es profunda, sin perder de vista el detalle ni olvidar la síntesis. Es admirable el dominio de la bibliografía y también de las fuentes, sobre todo de los escritos judíos de la época. Desde el punto de vista pedagógico hay que destacar la gran cantidad de propuestas para el trabajo personal, que llegan casi a abrumar al lector solitario, y que reclaman un ámbito más amplio de discusión y aprendizaje. Los cuadros-resumen, que aparecen con bastante frecuencia, son un instrumento utilísimo para la síntesis y la fijación en la memoria. En este mismo sentido, la presentación casi en cada capítulo de la historia de la investigación sobre el tema ayuda a contextualizar la discusión posterior. Se trata de un manual, que reclama el estudio, la aclaración y la discusión posterior.
Sobre los contenidos, ya he ido señalando en la presentación de cada capítulo los logros, y también los planteamientos que a mi modo de ver son discutibles. Quisiera señalar, para concluir, dos ausencias que me han parecido especialmente significativas, y que considero importantes para la una reconstrucción de la vida de Jesús. En primer lugar, habría sido deseable que en la segunda parte se hubiera incluido un capítulo acerca del mundo social de Jesús, no en el sentido en el que los autores utilizan este término en el capítulo séptimo, sino en el que le vienen dando los estudios realizados a partir de la antropología cultural. Para entender a Jesús es importante conocer cuáles eran los valores de su cultura, las instituciones que gobernaban la vida de la gente, la forma en que se articulaban las relaciones sociales, etc. El uso de modelos sociológicos, como el de la autoestigmatización puede ser iluminador, pero lo es aún más un acercamiento a aquella sociedad desde una perspectiva intercultural, que nos ayude a comprender lo que Jesús dijo e hizo o las reacciones que provocaron sus palabras y acciones en el marco de referencia que compartía con sus contemporáneos.
En segundo lugar, creo que hay un aspecto determinante en la vida de Jesús que habría requerido un capítulo en este manual. Me refiero a la experiencia religiosa de Jesús. Este es, sorprendentemente, un tema ausente en los estudios sobre el Jesús histórico, y sin embargo, casi todo el mundo reconoce que es imposible entender a Jesús al margen de esta experiencia. De ella se habla en diversos momentos, pero sin darle la relevancia que a mi modo de ver requeriría. Esta experiencia religiosa ayudaría a explicar aspectos decisivos de la vida de Jesús como el inicio de su ministerio separado del grupo del Bautista; o la persistencia en un comportamiento socialmente desviado, que era duramente criticado, y que no se puede explicar sólo como un efecto del carácter itinerante de Jesús y sus discípulos. La conciencia de filiación de Jesús, presente no sólo en la invocación abba, sino también en su misma forma de actuar, es otro aspecto de esta experiencia religiosa. Se abre aquí un campo de investigación que requerirá nuevos acercamientos, y que sin duda arrojará nueva luz sobre la vida y la conciencia de Jesús.
Estas dos observaciones, así como las que he ido haciendo en la presentación de los capítulos, no pretenden oscurecer el valor de este libro, sino resaltarlo. Hay que agradecer al Prof. Theissen y a la Srta. Merz el enorme esfuerzo que han realizado para reunir y articular la información que nos ofrecen ordenada y aderezada con sus reflexiones. El manual que han elaborado es un punto de partida sólido y equilibrado para adentrarse en el apasionante campo de los estudios sobre el Jesús histórico, sobre todo para quienes desean hacerlo en serio, en compañía de otros, y tal vez bajo la guía de alguien un poco más informado.